Lunes, Mayo 29, 2017
   
Texto

La censura de nunca acabar

Siempre albergué un espíritu libre en mi interior, y a veces, tuve que enfrentarme a peligrosas intrigas, algunas de las cuales me llevaron a probar las ásperas y terroríficas garras de la Inquisición en el Estado de la Corrupción, sarcásticamente llamado de Derecho y democrático.

Sé que no soy lo que se dice políticamente correcto, pues temas como éste son tabú para la mayoría de los que escribimos algo más de cuatro renglones, pero es que, no le debo fidelidad a ninguna firma, sólo respeto a quienes respetan mi opinión, y como tampoco hago campaña electoral para ningún partido político o sindicato, me muestro libre, aunque solo sea de pensamiento.

El sonetillo siguiente, que escribí hace mucho tiempo, sintetiza lo que pienso de la censura.

JUEZ, JURADO Y CARA DURA
Lo que más mola en el arte
no es ser prudente y sencillo
mola más el monaguillo
que bendice a Bonaparte.

Es más progre el juez y parte
que un progresista pardillo
que igual que a Pepito Grillo
no se le cuenta ni aparte.

Al sustrato y la encomienda
del oficio de censura
ya no hay dios que los entienda.

Juez, jurado y cara dura
mamporreros de leyenda
príncipes de la basura.

La censura se disfraza de múltiples formas y maneras y a través de los tiempos, ha sido el arma más peligrosa y más usada por los enemigos de la libertad, y para ello han utilizado infinidad de fachadas y caretas, tras las que se esconden las miserias humanas más indescriptibles.

Hubo un tiempo en España, en que la censura la ejercieron conjuntamente, el poder político y el espiritual encargado de moralizar a la sociedad, es decir la Iglesia, y se fundó la Inquisición con el beneplácito de la monarquía Católica, una maquinaria asesina para acallar protestas y evitar la difusión de ideas distintas a las suyas, y necesariamente creó la figura del jefe espiritual máximo, el Inquisidor General que era la máxima autoridad del Estado en la materia, y si alguien era considerado por la maquinaria censora un peligro para sus fines, entre los que figuraban los religiosos, las costumbres, y por supuesto, los económicos, entonces se le aplicaban suplicios hasta conseguir una confesión que justificara la quema pública del sujeto en una hoguera, que venía a ser algo así como un adelanto del infierno al que van los pecadores después de la muerte según la iglesia, aunque a veces, eran tales las torturas que le aplicaban a las personas castigadas, que acababan muriendo en las oscuras y tenebrosas cámaras de tortura que tenían para el efecto. Esa maquinaria de terror, además de fieles y fanáticos espíritus domesticados, proporcionó también muchas riquezas, las cuales, fueron las más de las veces, la verdadera razón de muchos de los procesos inquisitoriales, adueñarse de las propiedades y riquezas del procesado, de las que por supuesto nunca dieron cuenta y tampoco compartieron con los más necesitados.

Después de varios siglos de ejecuciones en nombre de Dios, la Inquisición se dulcificó en 1821 tras su abolición, pero como lastre quedó el fanatismo adquirido por los fieles de todos los niveles de la sociedad y la censura, por lo que se consideró imprescindible la figura del censor, por cuyas manos era obligatorio que pasara todo tipo de escritos, con la idea de que el filtro espiritual evitara el paso de ideas diferentes a las costumbres inducidas durante siglos y que graciosamente difundió entre la población, lo que se dio en llamar, la Santa Madre Iglesia. Luego, la prensa clasista del XIX  y también la posterior, hizo el resto.

En tiempos de la dictadura franquista, fue también la Iglesia quien colaboró abierta y decisivamente con el Estado autoritario para imponer la censura, y nuestros mayores nos decían en casa bajando la voz, “cuidado con lo que dices, aquí no se habla de política que las paredes oyen” haciendo alusión a los muchos chivatos que esperaban cazar alguna imprudente palabra del vecino que oliera a crítica del sistema, con la que poder ir a soplársela a quienes se lo agradecerían de una u otra manera, directa o indirectamente. Los chivatos entonces estaban muy bien vistos, al igual que la prensa que era Una, Grande y Libre, aunque solamente dijeran lo que los censores querían difundir desde las cloacas del Estado. Por eso, oficialmente, todos éramos Católicos, Apostólicos y Romanos, y cualquiera decía que no lo era, porque pronto conocería el infierno en la tierra.
En algunas fábricas y tajos, no tenían suficiente con los chivatos y se infiltraban policías de la Brigada Político Social como obreros, para asegurarse de que todo el mundo estaba controlado. El silencio era tan espeso como la paz de los cementerios del sistema fascista. Los trabajadores podían hablar de putas, de fútbol y poco más, pero de los salarios de hambre, de la inexistencia de justicia, de la inexistencia de libertad, de política, no se podía decir palabra alguna, porque “las paredes, todas las paredes oyen”.

Sin embargo, desde los albores de la democracia, ese ejército de funcionarios infiltrados en las filas obreras dejó de tener sentido y desapareció por completo, porque su labor la empezaron a realizar otros gratis, bueno gratis, gratis, no, puesto que a cambio, obtienen numerosas prebendas personales, subvenciones del Estado y perdón por sus innumerables corruptelas, hasta el punto de que muchos hicieron carrera profesional y ascendieron a lo más alto del escalafón laboral sin coger un libro, porque resucitaron a la antigua Inquisición acosando y persiguiendo a los rebeldes, a los protestones, a los inconformistas, y a todos aquellos que no se sometían al imperio de la “libertad vigilada” por los neoverticalistas.

En las concentraciones y manifestaciones de la época felipista eran ellos, los pesebristas, entre los que cabe destacar a los sindicalistas de los sindicatos mayoritarios, y los militantes de base de los partidos afines, que a cambio obtenían el favor del Gobierno y la patronal, los que aplicaban la censura, formando un “Cuerpo de Cancerberos” al que llamaban  “Servicio de Orden” y te echaban de las manifestaciones violentamente si repartías en ellas proclamas contrarias a sus ideas, o portabas una bandera republicana por ejemplo. Curiosamente hoy, la mayoría de los que se declaran republicanos, o son aquellos que te echaban a patadas si desplegabas una bandera republicana en sus manifestaciones, o sus hijos y parientes más cercanos, y te dicen con toda naturalidad que siempre fueron comunistas y republicanos, aunque nunca hayan sabido lo que es el comunismo y la república y siempre hayan abominado de ellos. En las fábricas se organizaban en “Comisiones de Limpieza Fabril”, con las que garantizaban que alguien que no fueran ellos difundiera entre los obreros, sus opiniones, propuestas, carteles o panfletos. 

Luego está la prensa, especialmente la impresa y audiovisual (aunque alguna digital también lo practica con mucha profesionalidad), aquella que en el franquismo era Una, Grande y Libre, nunca dejó de existir, sólo transformó la fachada, y en su interior todavía luce con todo su esplendor la censura, eso sí, disfrazada de mil maneras según la editorial. Al principio del período democrático se justificaron imponiéndose una llamada “autocensura”, que en realidad era la vuelta a la censura pura y dura del franquismo, en la que no se libraban ni siquiera los artículos de opinión, que cuando eran publicados, lo hacían “recortados convenientemente” por el especialista manostijeras de la casa.

Además, como los medios de comunicación, tanto los impresos como los audiovisuales, han ido cayendo, uno tras otro, en manos de poderosas editoriales, conectadas entre sí por diferentes cordones umbilicales, e íntimamente relacionadas con los partidos políticos con aspiraciones de gobierno, que si en algo rivalizan no es en lo ideológico, o en ofrecer información veraz y puntual, sino en ejercer el control de las publicaciones bajo el principio de la “libertad de prensa”, es fácil comprender por qué la mayoría de los temas de corrupción que sucedieron hace varios años, te los presentan como un riguroso trabajo de investigación periodístico actual ¿No pudieron obtener y publicar la misma información oficial años antes?

Todavía sobreviven, alimentados por las inconmensurables ubres del Estado democrático, periódicos y radios totalitarios, típicamente franquistas, convertidos en panfletos antidemocráticos legales, pero eso tampoco es motivo de turbación, para que los órganos de dirección y control de la prensa nacional pierdan un solo segundo de su comodísimo y lucrativo tiempo. 

Unas veces se aferran al derecho de libertad de prensa, y otras ni siquiera tienen en cuenta que hay un principio natural en democracia que todos los medios deberían de respetar, y es el de la no manipulación de las noticias, pues éste junto con el de la desinformación (es decir, conocer la noticia pero no difundirla), es el medio que más utilizan en la actualidad.

Aquí entran entonces los criterios periodísticos que cada medio emplea para darle importancia a unos temas y negar la existencia de otros, aunque en la era de la informática se han sofisticado y mucho, los métodos utilizados. Una forma de manipular la información y tender el ascua a la sardina que interesa al poder fáctico, es el de poner el micro, invitar a los estudios de televisión, o dedicarle páginas del periódico a personas desacreditadas por su turbulento pasado, antidemocrático, corrupto, caciquil, etc., mientras que se ocultan y/o censuran las críticas a éstas especies protegidas, eso cuando no arremeten contra los críticos en defensa de su protegido.

A la prensa hoy, le llaman el cuarto poder, pero creo que quienes así la califican minimizan su importancia, pues según mi opinión, es la que sube al pedestal a oscuros personajes, y la que pone y quita gobiernos, la TV tiene un poder descomunal sobre la opinión de la gente en general, y las redes difunden noticias fabricadas en las cloacas de la prensa y los partidos políticos para mejorar la imagen de los que interesan y empeorar la de sus rivales. Cómo se puede explicar si no, que los partidos más corrompidos, que tanto por su número de imputados en casos de corrupción, como por su negativa a legislar seriamente contra esta enfermedad, ya crónica de la política española, así como por la categoría de los recortes a los derechos de la sociedad, y su actitud ultra represiva ante la crítica social, se parecen más a organizaciones criminales, que lo que deberían de ser, y sin embargo son los que ganan las elecciones una y otra vez, en un país cada día más empobrecido y menos democrático. Sí, habrá quien diga que es que la sociedad en general está podrida, pero entonces tendríamos que concluir con que la democracia es un sistema que ya no sirve para la sana convivencia de una sociedad plural.

Sin embargo, y muy a mi pesar, tengo que decir que la sociedad imita todo lo malo que observa en los poderes públicos y privados del lugar, y no podía quedarse al margen en el tema de la censura, por lo que también utiliza diversos medios para expresar su intolerancia y represión, contra los que considera las ovejas negras de la comunidad. Pensar diferente es peligroso en una sociedad apegada a la tradición y cargada de prejuicios, pero expresarlo públicamente mucho más, la masa social no perdona a quienes pretenden distinguirse del redil, y lo censuran, lo marginan y lo aíslan del resto para que no contamine, y llegado el caso lo crucifican por atrevido.
No suelo hablar por hablar, casi siempre me baso en experiencias, unas personales y otras observadas, por lo que puedo asegurar que todo no se centra en la prensa, la sociedad hoy, dispone de múltiples medios donde expresar su opinión, y en todos se palpa el temor a manifestar clara y nítidamente la opinión personal, y es que, mientras unos nos expresamos como mejor podemos, otros observan, vigilan y/o censuran, mientras la masa social suele sumarse al carro de la mayoría.

Las redes hoy, ofrecen unas buenas herramientas a la ciudadanía para poder comunicarse, sin embargo, mal utilizadas, pueden suponer un medio más de censura y discriminación propios de ideas totalitarias.

Por eso creo que es importante también hacer mención siquiera de lo que pasa con las fotos, pues hay muchos profesionales y aficionados que están alerta, para pescar todo lo que se cuelga en las redes y apropiarse de ellas, y no se cortan si le tienen que pegar un corte a la rúbrica.

Vivimos una época de libertad vigilada y controlada milimétricamente, y da igual si entras en facebook o no, si usas el WhatsApp, el twitter, o si utilizas poco o mucho tu móvil, la tecnología actual permite que los que nos vigilan sepan exactamente dónde nos encontramos cada uno, cómo pensamos cada cual y a qué dedicamos nuestro tiempo libre, salvo aquellas pocas personas, que por edad o formación, no utilizan ninguno de los medios de comunicación que utilizamos la inmensa mayoría. 

En los móviles se forman grupos de WhatsApp, y twitter para comunicarse y no está mal, no tengo nada que objetar si se utilizan para eso, como un medio de comunicación fácil y rápido, incluso como entretenimiento y diversión de la gente, pero a veces se salta el listón de la libertad y se penetra en un campo donde la bonita herramienta se transforma en un horrible aparato de censura y distorsión de la realidad, usándola para actividades antisociales, como acosar, torturar, discriminar o aislar a alguien, y para poner a un grupo en contra de quien tiene ideas distintas a las del que dirige el grupo en cuestión, que como si del sumo sacerdote de una secta se tratara, idiotiza y manipula a los suyos como simples marionetas, dirigiéndose a ellos con términos entrañablemente sugerentes.

Por eso, para cumplir a la perfección ese tipo de cometidos contrarios a la libertad, se suelen formar subgrupos o grupitos reducidos con los más fieles, cuyo cometido principal es el de transmitir las ideas del líder y adoctrinar a los demás. Los perniciosos efectos de tales prácticas empiezan a dar sus frutos en diferentes ámbitos de la sociedad, generando desconfianza y temor entre los elementos cercanos que discrepan, pues su aplicación carece de límites y a veces hasta de escrúpulos.

La inquisición, hoy, está más cerca de nosotros de lo que creemos.

 

 

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