Viernes, Septiembre 22, 2017
   
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Dos genios en Madrid (y II)

"Decíamos ayer" que este verano, y una buena parte del otoño, tenemos la irrepetible oportunidad de disfrutar de obras inéditas en nuestro país de dos de los más grandes pintores de la historia; El Bosco y Caravaggio. Nada de lo que yo les pueda escribir desde este rincón se acercará, por muy buena intención que le ponga, a describir la sensación de estar a pocos metros de cualquiera de los cuadros de estos dos genios y poderlos observar con detenimiento, percibir sus detalles, sus pinceladas, su realidad, tener esa experiencia estética que ninguna pantalla de ningún cachivache, por muchos teratrillones de gigas de lo que sea que nos dicen que tienen estos cacharros, podrá emular jamás.

De El Bosco ya les hablé en la primera parte de este artículo y quedé con ustedes, por aquello de "lo mucho cansa", en darles algunos breves apuntes de Caravaggio y la exposición de sus obras en Madrid  en la siguiente ocasión, que es esta. Son dos los lugares en los que se reparten las obras del pintor italiano, el Museo Thyssen y el Palacio Real, existiendo la posibilidad de comprar una entrada conjunta para ambas exposiciones.

En el Museo Thyssen se encuentra la exposición "Caravaggio y los pintores del norte" en la que podremos comprobar, con cualitativos elementos de juicio a nuestro alcance, cual fue la influencia de este pintor sobre los artífices de la pintura de los Países Bajos, Alemania o Francia del siglo XVII, comprobando de primera mano como los revolucionarios modos de Caravaggio no solo transformaron la pintura italiana sino gran parte de la europea y, por tanto, su trascendental papel en la Historia del Arte universal.

Podremos encontrar aquí a Santa Catalina, San Francisco meditando o San Juan en el desierto, a un muchacho pelando fruta y a otro mordido por un lagarto,  el angustioso gesto de Isaac a punto de ser sacrificado...y en una irrepetible lección de arte a nuestro alcance, obras de otros artistas en las que podremos apreciar in situ como recibieron el influjo de Caravaggio, tanto en su sublime tratamiento de las luces y las sombras, como en sus composiciones y temas; Stom, Hendrick de Somer, Toumier, Valentin de Boulogne, Hendril ter Brugghen, Regnier, Rubens...

En el Palacio Real, "De Caravaggio a Bernini. Obras maestras del Seiscento italiano en las Colecciones Reales", una selección en la que podemos apreciar, tras una ardua labor de restauración, obras de Guido Reni, Charles Le Brun, Velázquez, José de Ribera y, obviamente, Caravaggio y Bernini. Todas las obras pertenecen  al Patrimonio Nacional, nuestro Patrimonio Nacional del que una vez más, sirva esta muestra como ejemplo, podemos sentirnos orgullosos, no solo por su calidad y cantidad, sino por el trabajo continuo, silencioso y meticuloso de las personas que velan por la continuidad en el tiempo de todos estos tesoros artísticos. Aquí, de nuestro protagonista, encontraremos a "Salomé con la cabeza del Bautista", una pieza que por si misma ya hace de esta una más que recomendable visita.

Pero hablemos un poco de las aventuras y desventuras de nuestro personaje porque merece la pena. Michelangelo Merisi nace en Milán en 1571. Cinco años más tarde, ante una desoladora epidemia de peste, su familia decide trasladarse a Caravaggio, ciudad de la que el pintor tomaría su nombre. En 1584, se convierte en alumno del pintor Peterzano, aprendiendo en su taller los rudimentos de la pintura. Ya en esta época, sus biógrafos lo apuntan como un joven conflictivo, extravagante y presto a meterse en todo tipo de peleas. Como vemos, desde bien temprano parte su fama de "enfant terrible" de la pintura.

En 1592 ya lo hallamos en Roma bajo el manto protector de la familia Colonna. La mayor parte de sus obras de esta etapa son cuadros de dimensiones reducidas y con una o dos figuras; Joven Baco enfermo, Muchacho con cesto de frutas, La buenaventura, Cesta con frutas, Baco, Muchacho mordido por un lagarto...Temas ajenos al ambiente artístico romano que centrarán sobre él la atención de muchos. Por ahora sus cuadros muestran colores brillantes y luminosos, escenas de personajes despreocupados en las que las naturalezas muertas y la música tienen un gran protagonismo y en los que muestra una gran atención en los detalles. Su dibujo es preciso y todavía se aprecia en él la herencia de las etapas finales renacentistas. El espacio suele quedar sugerido por leves escorzos de las figuras que ocupan casi por completo la superficie del cuadro.

Finalizando la década de los 90, surgen las primeras obras de temática religiosa, como el Éxtasis de San Francisco o la sublime Descanso en la huida a Egipto, una entrañable composición que aúna música, naturaleza, recogimiento, espiritualidad... Pero en 1599, a mi entender, algo ocurre. La bucólica imagen de la huida a Egipto de la Sagrada Familia, el candor de los ambiguos jóvenes, la naturaleza, desaparecen para dar paso a una escena macabra y violenta en la que una mujer degüella a un hombre dormido que despierta horrorizado en el último instante en Judith y Holofernes. Para la historiadora Helen Langdon se trata de la consecuencia del impacto sufrido por Caravaggio al contemplar la ejecución pública de unos bandidos. Para ratificar este cambio, David y Goliat, que podemos contemplar en el Museo del Prado.

No obstante, el sobrecogimiento que provocaban estos cuadros, acordes con los preceptos artísticos surgidos de Trento, probablemente, le llevaron a recibir dos encargos que le harían pasar a la posteridad; La Vocación de San Mateo y el Martirio de San Mateo para la capilla Contarelli en la iglesia de San Luis de los Franceses y la Conversión de San Pablo y Crucifixión de San Pedro para la capilla Cerasi en Santa María del Popolo. En estas obras Caravaggio domina plenamente ya la técnica del claroscuro, la luz nos guía por el cuadro, nos relata la historia, se convierte en un personaje casi real. Ni para el observador más descreído pasa desapercibido la inequívoca presencia de la divinidad en forma de luz en la Vocación de San Mateo  y  La Conversión de San Pablo.

Caravaggio está en el momento culmen de su carrera; Cena en Emaús, Duda de Tomás, Prendimiento de Cristo, San Mateo y el ángel, Entierro de Cristo..., obras maestras todas y cada una de ellas; sobrias, dramáticas, impactantes, de una luz "divina". Pero estas obras cuentan con una característica más que acabaría trayéndole problemas a su autor...muchos problemas. Caravaggio "humaniza" la religión, baja los episodios bíblicos a la vida cotidiana con personajes normales, casi mendigos de ropas ajadas, despeinados, sucios...demasiado reales, demasiado vulgares. Tuvo enfrentamientos con algunos miembros del clero, algunas de sus obras fueron rechazadas y tuvo que modificarlas, provocó algún pequeño escandalo, pero a fin de cuentas era un gran pintor  y aquello no dejaba de estar en los límites del toma y daca entre pintor y patrono, hasta que aquellos límites se sobrepasaron.

1601, Caravaggio recibe el encargo del retablo de Santa María della Scala, situada en el paupérrimo barrio del Trastevere y lugar de acogida de prostitutas, mujeres excluidas o maltratadas, mendigas, etc. Caravaggio aborda el tema del tránsito de la Virgen y, una vez más, olvida todo lo divino. Los apóstoles lloran y oran en silencio ante una María inerte en un exiguo catre de madera, está con el vientre hinchado, pálida, tan real como un verdadero cadáver. Pronto se supo la verdad, Caravaggio había tomado como modelo de la Virgen a una prostituta que había aparecido ahogada en el Tiber, incluso, según algunos, era su amante, aquello había llegado demasiado lejos. Al tiempo, su vida privada se va viendo cada vez más envuelta en pleitos, altercados callejeros y enfrentamientos con la autoridad. Pasan unos años más en Roma en los que no deja, pese a todo, de recibir encargos que seguirán pasando a la posteridad como joyas de la pintura; Virgen de Loreto, Virgen de los Palafreneros, San Jerónimo en su estudio...pero, como diríamos hoy, Caravaggio "está en el punto de mira". En 1606, su atribulado estilo de vida le lleva a una acusación por asesinato, al parecer además de un miembro de la autoridad. La familia Colonna, de la que es protegido, le ayuda a huir a Nápoles donde llega precedido de su fama de grandísimo pintor.

Más encargos, más obras maestras, como Las siete obras de misericordia, y más problemas con el clero por su excesivo realismo, más obras rechazadas, "troppo vero". Esta vez, sin muchos datos sobre los motivos, marchará a Malta, allí sin dejar de trabajar (Degollación de San Juan Bautista), recibe su mayor reconocimiento, miembro de la Orden de San Juan, pero es Caravaggio. De nuevo su carácter le lleva a tener altercados de todo tipo, uno de ellos con un noble, lo que hará perder el apoyo del Gran Maestre y acabar en la cárcel. Como en las mejores películas de aventuras, ocurre lo que tiene que ocurrir en estos casos, se fuga de la cárcel y huye a Sicilia.

Inasequible, como si fuera su única huida de la realidad, su única terapia, sigue pintando; La Resurreción de Lázaro, Entierro de Santa Lucía... las formas se desdibujan, las sombras, como un reflejo de su vida, van ganando la partida, la gama de colores va quedando reducida a una sobria gama de pardos, sus cuadros se apagan, él también.

Son confusos los últimos periplos de su vida, en cualquier caso parece que trató de reconciliarse con muchos. Regresó a Nápoles, donde parece ser fue objeto de un intento de asesinato. Se dispuso a regresar a Roma, pero, según un poeta amigo suyo pues no hubo conocimiento oficial, murió en Porto Ércole víctima de fiebres, algo muy recurrente en la época cuando no se sabía o no se quería saber las causas del fallecimiento de alguien. Como en el más triste y teatral de los finales, nada se supo de sus restos mortales.

Como ven, su vida fue digna del mejor guion de Hollywood, (ahora vendrá alguien a quitarme la idea) y su obra digna de ser admirada, estudiada y conservada, pues Caravaggio fue uno de los grandísimos maestros que cambiaron el mundo de la pintura y del arte para siempre. Hoy que muchos andan como zombis buscando no se qué bichos en las pantallas de sus móviles, con las cabezas agachadas como animales de tiro, vayan a los museos, levanten la mirada y dedíquense a una caza real, la de la belleza de Caravaggio, por ejemplo.

 

 

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