Miércoles, Abril 25, 2018
   
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Una jornada triste en la Cofradía del Resucitado

El Domingo de Resurrección todos los cofrades del Resucitado vivimos la jornada mas amarga de nuestro año procesionil, con la suspensión de nuestra procesión. Todas nuestras ilusiones acumuladas y 'nuestro gozo en un pozo'.

La junta de mesa y la rectora, junto con el Comité de Riesgos, tenían su cuartel general establecido en la sacristía de la iglesia de Santa María. Donde desde las 6 de la mañana, nuestro hermano mayor al frente del grupo citado estaba en contacto con el servicio metereológico siguiendo la evolución del tiempo.

Sobre las 10 horas había dejado de llover, y todo apuntaba a la salida aunque se variaría su recorrido para reducir la duración suprimiéndose el paso de la calle Canales, abriéndose una vía por la Calle de Santa Florentina, sobre las once de la mañana

Pero acto seguido, nuestro hermano mayor tras celebrar una reunión con los presidentes de la agrupaciones, tras pedir una nueva información climática fue informado y nos dio traslado de que se iba a producir una leve salida de sol de unos 45 minutos para luego seguir lloviendo todo el día. Ante esta perspectiva, y debidamente consultado con la mesa de la cofradía, como es su costumbre en cualquier toma de decisiones suyas por insignificante que sea, se decidió no sacar la procesión a la calle. Habiéndose sopesado todos los riegos habidos y por haber, tanto en vestuario (a pesar de que se advertiría dar la vuelta a las capas por los bordados), tronos con el peligro de filtraciones en las volutas, hojas de acanto y mandarlas, y que decir de las imágenes a pesar de ir cubiertas con plásticos. A este respecto hay que añadir que las policromías y bicromías están concebidas por sus autores para una mañana primaveral de sol mediterráneo.

Pero el verdadero dilema se presentó cuando nos encontramos con el interior de Santa María de Gracia a rebosar. Allí los cofrades blancos se expresaban de diferentes formas y daban su particular sentido a la situación. Cuando nos encontramos a un Tomás Martínez Pagan, el hombre de empresa que en su quehacer diario se tiene que enfrentar con situaciones difíciles; visiblemente emocionado decir que no salía la procesión (en algunos momentos llorando), al igual que otros miembros del equipo muy cercanos a él, ante unos ansiosos cofrades que veían disuelta su ilusión y su 'gozo en un pozo', bien por el espíritu de superación manifiesto en las mejoras emprendidas año tras año.

Tener que despedir dando las gracias a nuestros invitados, tanto civiles y militares que nos honraban con su participación en nuestra Procesión.

Una nota pintoresca la pusieron los portapasos de nuestras Agrupaciones levantando los tronos en la Iglesia Otra nota a destacar el ofrecimiento de nuestro ayuntamiento, en la persona de nuestra alcaldesa, de ir eliminando todos los charcos por las brigadas correspondientes.

Lo que sí se llevó a cabo, sobre las 11.45 fue el encuentro de nuestra Virgen del Amor Hermoso con el Cristo Resucitado, viniendo esta por toda la calle del Aire a paso legionario, cumpliendo nuestra tradición desde hace 14 años. Se procedió al canto de la Salve, este año si cabe mas emotivo, pues se veían en muchas mejillas aflorar las lagrimas y los llantos

Una nota colorista, dentro de los nubarrones. Primero fue la escuadra del piquete rindiendo honores a nuestra Virgen y el posterior desfile del piquete a paso legionario interpretando la marcha adaptada para este paso de la que interpreta la Unidad de Regulares 54 de Ceuta (lo que le tira la patria a nuestro querido maestro de banda). La escuadra del piquete le rindió los honores de ordenanza con el mosquetón.

Eso sí, la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Resucitado puso, como siempre, el broche de oro a nuestra Semana Santa no con el esplendor de siempre.

 

No sin mi Virgen

Corría el mes de abril del año 1936 y aún faltaban tres meses para que se sublevasen las tropas nacionales en el norte de África. Ya se podían apreciar los primeros almendros en flor por el Campo de Cartagena y los árboles empezaban a lucir sus verdes hojas caducifolias perdidas durante el frío y húmedo invierno. Pero todo este colorido primaveral fue ensombrecido una vez más por la miseria humana.

Tras aquellas fatídicas y polémicas elecciones de Febrero de 1936, los izquierdistas quisieron apoderarse de lo que no era suyo, del sentimiento de un pueblo. En contra del sentir cartagenero y de la tradición de toda una ciudad más que milenaria, los miembros del Frente Popular no permitieron que las cofradías más significativas de la ciudad saliesen a la calle como siempre lo habían hecho. La excusa: evitar que se produjesen altercados entre los elementos políticos de la población. ¡Qué irónico! Los mismos que antes presumían de libertad, de comprensión y de paz, ahora alentaban la censura, la irracionalidad y la exclusión.

¿Es que aún no se habían percatado de que en Semana Santa nunca hubo ricos ni pobres, ni derechistas ni izquierdistas, ni oriundos ni forasteros? Simplemente había personas. Todos acudían a la llamada y dejaban las diferencias a un lado. En aquellos convulsos días, no sólo se prohibió o se adoptaron infinidad de trabas a la confesión católica predominante, sino que los partidos laicos aumentaron la crispación con sus declaraciones, protestas y manifestaciones. Fue una verdadera pena, pero así sucedió; Cartagena se quedó sin sus procesiones, ante la pasividad de sus habitantes y la incredulidad de los fervientes.

Llegó el Jueves Santo, día del silencio, momento de máximo respeto de todo el año litúrgico; silencio que fue lamentablemente quebrantado por un numeroso grupo de radicales llenos de odio, revancha, desesperación e impunidad manifiesta. Esta turba, enarbolando banderas rojas de forma despótica y hostigante y alzando fuertemente el puño izquierdo, lanzaron “urras” al comunismo y cantaron la internacional ante la confusa mirada de mujeres, hombres y niños. La turbamulta apareció por la zona Sur de la calle Mayor, la arteria principal de la ciudad, donde el sentimiento procesionista despertaba mayor fervor. Bruscamente violaron un silencio que no les correspondía, desafiando a Dios y a sus feligreses con insultos y desprecios. Un hecho sin precedentes oscureció la paz y la tranquilidad vivida hasta entonces. En cuestión de segundos una riña sangrienta explotó entre los increpadores y los que defendían la libertad religiosa. Salieron volando platos, vasos, mesas y todo lo que la gente se encontraba a su alrededor. Los ruidos de los cristales se entremezclaban con los gritos de súplica y pavor. Afortunadamente no murió nadie, pero si hubieron bastantes heridos y muchos sueños rotos.

Pero la provocadora multitud no quedó satisfecha y decidió ir a la iglesia de Santo Domingo donde se encontraba el Santísimo. Estaban dispuestos a entrar y acabar con todo. Pero para su sorpresa, allí se encontraba un valiente Teniente de Navío que no tenía ninguna intención de dejarlos pasar. El oficial, digno de su cargo, no se lo pensó dos veces y desenfundando con autoridad su pistola del nueve exclamó:

- ¡Ya pueden entrar!

El silencio por fin se volvió a recuperar. Ninguno, de los casi trescientos increpadores, tuvo coraje para luchar contra el heroico salvador y no tuvieron más opciones que marcharse. Hasta ese fatídico Jueves, muchos cartageneros no se percataron de cuales eran las verdaderas intenciones de los marxistas pero, tras los encontronazos sufridos, ya no había lugar a dudas. La sin razón se había convertido en conspiración contra lo humano y lo divino.

Desgraciadamente, ahora se cumplen 75 años de aquellos trágicos acontecimientos y parece que Cartagena lo haya olvidado o cuando poco silenciado. Amigos semanasanteros - como a mi me gusta llamarles -, no se equivoquen y menos aún sean hipócritas, que hoy salgan las procesiones con auténtica normalidad es consecuencia directa del esfuerzo de personas como aquel valiente Teniente. Esperemos que los primeros sucesos que se han producido en la Universidad Complutense de Madrid o en Murcia, con el Cristo de Monteagudo, sean meros hechos aislados y no el inicio de lo que se avecina. Si algo le pediré este Lunes Santo a la Virgen de la Piedad, cuando la lleve en mis hombros, será que siempre puedan verla por las calles de ésta nuestra ciudad.

 

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