Martes, Noviembre 13, 2018
   
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El presidente como representante de la comunidad

El presidente ostenta la representación legal de la comunidad, ya que la Ley de Propiedad Horizontal le confiere esta facultad de representación. Precisamente por ser una representación legal, el presidente puede acreditarla demostrando simplemente que lo es, sin necesidad de que conste en un poder notarial.

Por tanto, bastará una certificación expedida por el secretario si lo hubiere o, en su defecto, por él mismo que exprese que en la fecha en que se expide es presidente la persona que la certificación indica.

El presidente cuando actúa en representación de la Comunidad es el órgano que expresa su voluntad. Por ello, está plenamente capacitado para ejercitar todas las acciones legales que corresponden a la comunidad en defensa de sus derechos e intereses y también para que se dirijan contra él las acciones que corresponden a las personas ajenas a la comunidad contra ésta. Esto no significa que el presidente pueda decidir solo, ya que el órgano soberano de la Comunidad es la Junta de Propietarios y las decisiones deben ser adoptadas por ella, correspondiendo al presidente como representante ejecutar tales decisiones.

La facultad representativa otorga al Presidente la capacidad necesaria para realizar los actos de gestión y administración propios de su ámbito: puede abrir cuentas corriente, contratar suministros, la prestación de servicios, la ejecución de obras aprobadas y reparaciones necesarias, etc., de modo que lo que haga en representación de la comunidad obligará a todos los propietarios.

Ahora bien, cuando se trate de actuaciones que excedan la administración ordinaria de la comunidad, el presidente necesitará un acuerdo previo de la Junta, ya que un exceso en el mandato o representación que le corresponde legalmente dará lugar a su responsabilidad personal

El cargo de presidente es gratuito, sin perjuicio de que la comunidad pueda compensar los gastos que su titular sufra con motivo de su ejercicio. De tal modo que si el presidente ha de estar ocupado durante una jornada en la atención urgente de una emergencia comunitaria, o la asistencia a juicio, y deslazamientos necesarios que le suponga un gasto dinerario o la pérdida de salario por la ausencia de su trabajo, esa pérdida debería ser compensada por la comunidad.

En cuanto a su responsabilidad cabe decir que el Presidente es responsable frente a la comunidad del ejercicio de su cargo así como de sus consecuencias. En este sentido la Junta tiene la competencia de resolver las reclamaciones que los titulares de los pisos o locales formulen contra las personas que ejerzan cargos. Esta responsabilidad civil es más frecuente y deriva del incumplimiento o cumplimiento defectuoso de los deberes de su cargo.

 

Las juntas de vecinos las carga el diablo

Si tuviéramos alguna vez dudas sobre la actitud muchas veces innata de los humanos, sobre la sensibilidad emocional, y la capacidad para meternos en líos, bastaría con asistir un día cualquiera a una junta de propietarios, y oír los disparates que algunos, gracias a Dios los menos, y la mala relación entre algunos vecinos.

 

Cierto día, en ruegos y preguntas se presentó un problema, problema poco importante, pero su magnitud por los intervinientes hizo que crispara el ánimo de los demás, terminando en una pésima relación de dos vecinos.

 

Concurrió que la propietaria del ático, que a su vez tiene el uso y conservación de la terraza, propuso a los vecinos, cambiar el solado de la expresada terraza, igual que tenía en el salón de su casa, tirando los muretes de cierre de la vivienda, cambiando la puerta por ventanas, uniendo la terraza con el salón, con la consiguiente modificación de la configuración, ampliación de volumen de metros útiles, etc. lo que hizo la intervención del profesional exponiendo que no estaba en el orden del día, se estaba tratando en ruegos y preguntas, y no se podría hacer votación pues sería nulo el acuerdo de pleno derecho, o en todo caso anulable.

 

Dicho esto, no solo el expresado administrador cumpliendo con su obligación parecía partidista a los ojos de la solicitante, además aprovechó el vecino de abajo para exponer lo siguiente:

 

Con independencia de los expuesto por el administrador que es lo legalmente establecido, debo advertirte, vecina, que además, cuando esté en el orden del día voy  a votar en contra, y requiriendo el voto cualificado que unido al de otros propietarios no conseguirías el acuerdo, por lo que no te molestes, y así evitaremos problemas, además, ese cierre me ocasionaría muchas molestias, pues la terraza al ser cuerpo de la vivienda, estaría más transitada ya que utilizas tacones por casa  que se hacen notar y no me dejarían descansar, por lo que aprovecho para recomendarte que utilices zapatillas como hacemos los demás.

 

Respondió la vecina que utiliza tacones por ser más elegante, dado que además viste de calle y no con bata y tampoco le gustan las zapatillas, pero ya que se oponía a su propuesta no dejándole cerrar la terraza, todos los días procedería a hacer su tabla de gimnasia en la terraza, además de saltar la comba durante dos o tres horas, pues era un juego que desde niña practicaba y le encantaba.

 

Lo que trata de dilucidad este artículo no es quien tenía razón, ni mucho menos, sino constatar la mala relación de algunos vecinos al crear estos conflictos que trascienden en la vida comunitaria de aquellos otros, la mayoría que desean vivir en paz y en buenas relaciones vecinales, pero imaginémonos la tragicomedia, la señora saltando todos los días la comba como una loca, obsesivamente cada vez más por su venganza con esta sesión de brincos con tacones, y el vecino de abajo cada vez más exasperado, amamantando cada día más odio hasta convertirlo en el horizonte de su existencia. De ahí, la mala voluntad vecinal, que algunas veces han terminado en noticias de la prensa.

 

La muestra la tenemos en la serie de televisión de “la que se avecina”, las juntas de vecinos las carga el diablo y la mala convivencia de algún vecino, el mero hecho de compartir el mismo inmueble, suele acabar creando maniáticas suspicacias, y envenenan estúpidamente nuestras vidas, y la del administrador también, cuando todos, especialmente los vecinos, están condenados a  entenderse.

 

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