Domingo, Septiembre 24, 2017
   
Texto

‘Aquel síndrome del Norte’

Este pequeño artículo va dedicado a todos mis pacientes policías y guardias civiles que durante aquellos años vivieron en el País Vasco. Yo les comprendí.

Estos días pasados hemos rememorado el duodécimo aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco en manos de ETA, episodio que movilizó a los españoles con una solidaridad sin precedentes en este sentido. Esas jornadas de recuerdo han traído también a mi cabeza todo lo acontecido al respecto desde el final del periodo político anterior hasta hace bien poco, cuando al parecer la banda colgó las armas, o por lo menos, eso se dice. El asesinato del joven concejal no dejó de ser uno más de los múltiples producidos, pero eso, la muerte, tampoco fue ni mucho menos todo el legado derivado de esa historia. Todos lo sabemos.

Desde principio de los noventa, otros compañeros los verían antes, tuve en la consulta varios pacientes, bastantes, cuya profesión pertenecía a los Cuerpos de Seguridad del Estado, policías nacionales y guardias civiles, con cuadros clínicos psiquiátricos de características similares e indudablemente derivados de aquellas vivencias en el País Vasco. El interés por esos casos hizo sumergirme en una todavía reducida bibliografía, naturalmente toda española, que describía a través de historiales clínicos a forma de casos prácticos, todo lo que allí se vivía y que no era ni más ni menos que lo que me contaba el paciente que se sentaba delante. Diagnostiqué, traté y a unos cuantos juicios acudí de estas personas que, por sus graves secuelas, empezaban a jubilar y no sin pelearlo antes, por unas consecuencias que por lo menos yo, desde mi rincón, veía evidentes.

El término síndrome del Norte, al ser creado popularmente y no así desde el ámbito de la psiquiatría o del Derecho español, nació como un concepto extraoficial, lo que ha podido repercutir también en el hecho de que no se haya reconocido legítimamente por parte de la Administración del Estado. Aceptando el término, síndrome del Norte no es ni más ni menos que un grupo diagnóstico de algunos trastornos mentales ya conocidos pero con la común etiología circunstancial arriba nombrada. Entre ellos, por su frecuencia, destacan sobre todo dos trastornos psiquiátricos que se contemplan en el DSM, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, que en su versión más reciente, el DSM-5, corresponden a los Trastornos de adaptación y al Trastorno de estrés postraumático; ambos a su vez, quedan englobados en el capítulo de Trastornos relacionados con traumas y factores de estrés. Si el primero, que sería el más light, pero no por eso despreciable, dejó tocados a los pacientes, el segundo los destrozó por completo, sí, tanto a ellos como a sus familias. Siempre comparé esta última versión del síndrome del Norte con el Vietnam americano, aquél que colmó de forma cansina las pantallas cinematográficas desde los setenta.

Como Trastorno de adaptación, los afectados de síndrome del Norte, desarrollaban dentro de los tres primeros meses de exposición a los factores estresantes allí patentes, diferentes síntomas como ansiedad intensa, bajo y significativo estado de ánimo, alteraciones de la conducta o combinaciones sintomatológicas de ellas que en general, les producían malestar significativo y un evidente deterioro en todas las áreas de relación. Estos cuadros siempre tenían la especificación añadida de persistentes, ya que duraban más de seis meses, pues podrían cesar los factores de estrés, por ejemplo, por baja o cambios de destino, pero claramente no así ya las consecuencias derivadas de aquéllas vivencias, que no eran pocas. Esta persistencia en el tiempo, es decir, la cronicidad, era precisamente lo que hablaba de la gravedad del cuadro.

Por otro lado, el Trastorno de estrés postraumático, era el que desarrollaban los agentes sometidos a situaciones muy extremas, como haber sido testigos directos o supervivientes de esos salvajes atentados; aún recuerdo un relato aterrador que sucedió en un puente de no sé qué nombre, a todo esto con el guardia civil delante de mí y llorando como una Magdalena. La clínica de estos pacientes era mucho más abundante y llamativa, la clava el DSM en su descripción: recuerdos angustiosos recurrentes, involuntarios e intrusivos, del suceso traumático, trastornos graves del sueño con ensoñaciones angustiosas y recurrentes, reacciones disociativas donde el paciente siente y actúa como si se repitiera el suceso traumático, malestar intenso a la exposición de escenas simbólicamente parecidas, hipervigilancia, respuestas exageradas a modo de sobresalto, y un largo etcétera. Vietnam, ya digo.

El perfil habitual de estos pacientes eran personas por lo general de no más de treinta tantos, casi todos en situación de destino forzoso allí, para muchos el primero, y que por su discurso ciertamente inhibido, pienso se quedaban cortos cuando relataban lo que estaban viviendo entonces; recuerdo también otros detalles como que acudían ya de forma rutinaria a funerales de compañeros (apunté impactado en el historial que uno fue a 18 en dos años de destino), que tenían que disimular a toda costa que eran policías o guardias civiles, de forma que tendían el uniforme en el interior de las viviendas, que se vestían en el punto cero, esto es, en el mismo destino, para no levantar sospechas entre los vecinos, que temían de forma extrema por la seguridad de su cónyuge y de sus hijos, a los que incluso les instruían para que dijeran a sus amistades que tenían otra profesión, y no digo nada de lo de ver bajo el coche…, total, que el que no era paranoico, al final terminaba así. Sobre esto último también es cierto que la estancia, con ese terrible escenario, descompensaba cuadros latentes que habían pasado desapercibidos hasta entonces como trastornos de personalidad o psicosis larvadas que otrora posiblemente nunca habrían dado la cara y que, pese a considerar y valorar el aspecto premórbido, también habría que haberlos clasificado en ese abanico diagnóstico que comprende el síndrome del Norte.

No todo quedó ahí, las consecuencias biográficas para estas personas fueron, y son todavía, muy desagradables: divorcios debidos a abruptos y mantenidos cambios de conducta, alcoholismo, sí, también cocaína…, que no hicieron más que echar más leña al fuego, deteriorando más y más a estos pacientes y, repito, a sus familias. También hubo suicidios, al parecer más de los declarados. Un desastre.

Con todos mis respetos, pienso que sí existe el síndrome del Norte, o como se le quiera llamar, tanto por criterios estadísticos como clínicos. El gran número de casos registrados de todos estos pacientes y la común sintomatología intensa de presentación sí forman un cuerpo lo suficientemente característico para considerarlo así. Digan lo que digan.

 

Simulación y disimulación de trastornos mentales

Etimológicamente, simular es representar o hacer creer algo que no es verdad con palabras, gestos o acciones. En el ámbito de la psiquiatría clínica, la simulación no suele aparecer de forma frecuente y cuando lo hace, una vez confirmada, no se diagnostica un trastorno mental sino un problema que puede ser objeto de atención clínica sólo en casos muy concretos. Aunque la simulación puede constituir un comportamiento adaptativo en situaciones extremas (fingir una enfermedad cuando se está cautivo del enemigo en tiempo de guerra), se admite en general, que se trata de una conducta consciente, retorcida y, a veces hasta violenta, que casi siempre oculta, como comportamiento fraudulento, algún tipo de interés forense, ya que la simulación de un trastorno mental siempre se realiza para obtener, a expensas del engaño, un beneficio concreto (ej. una baja laboral o la jubilación), eludir una sanción o multa y en otros casos, perjudicar a un tercero (casos de divorcios, custodia, etc.).

Para muchos autores, la base de la simulación radica en el mimetismo animal empleado para superar situaciones de riesgo, de ahí que los dos cuadros más frecuentemente simulados sean las convulsiones y la inhibición o rigidez motora, ambas reacciones biológicamente preformadas para, respectivamente, huir (tempestad de movimientos) o para pasar desapercibido (inmovilidad) frente a un perseguidor. Aunque hay referencias antiguas sobre la simulación de enfermedades físicas ya en la obra de Hipócrates y en la de Galeno (Tratado sobre enfermedades simuladas), se atribuye a Juan Bautista Silvaticus (1595) hablar por primera vez de simulación de enfermedades mentales y posteriormente a Ambrosio Tardieu como el primer autor que profundiza sobre ello en su Estudio médico-legal de la locura (1872), siendo un texto descriptivo de referencia todavía en la actualidad.

La simulación mental, aunque pueda parecer lo contrario, es difícil que pase desapercibida a un profesional, y más con experiencia, porque siempre se emula lo que atribuimos vulgarmente a un “loco”, imitando más o menos superficialmente (y hasta puerilmente) conductas o síntomas aislados, no así la sintomatología clínica completa del trastorno. Así, con entrenamiento se puede llegar a simular una crisis convulsiva epiléptica pero muy difícilmente otras connotaciones clínicas típicas del enfermo epiléptico, ahí lo pillamos; lo mismo pasa con otras enfermedades mentales como depresiones (todo no es llorar y poner mala cara), trastornos delirantes (fijándonos en la indiferencia con que cuenta su relato), etc. Volviendo a la epilepsia, señalar que ha sido precisamente su simulación, uno de los cuadros mentales producidos con más frecuencia de forma artificial a lo largo de la historia, baste señalar la corriente observación de médicos napoleónicos en soldados del frente de batalla con el fin de ser apartados de éste, y es uno de los que más se siguen simulando en determinados contextos. Yo particularmente es, en pacientes detenidos en las dependencias policiales y junto a la simulación del síndrome de abstinencia opiácea, lo que más observo entre los toxicómanos con el fin de abandonar el calabozo y llegar al hospital donde “confirmen” su enfermedad, siempre para conseguir algo directa o indirectamente: un beneficio legal, para abandonar momentáneamente su claustro, etc. También diré que a nivel ambulatorio, la simulación de la Depresión es lo que puedo ver con más frecuencia y casi siempre es para obtener una baja laboral.

Con respecto a la Disimulación, decir que es el reverso de la medalla de todo lo arriba expuesto. Disimular, en el diccionario, es ocultar con astucia o habilidad lo que se siente o se padece. La disimulación en medicina es una actitud consciente, también con el fin de obtener un concreto beneficio, de ocultar síntomas o enfermedades físicas  así como, lo que nos atañe a nosotros en esta sección, trastornos mentales. Estadísticamente son cuatro los cuadros que más suelen ocultarse, esto es, la paranoia, la depresión, la drogodependencia y los trastornos sexuales. Así, es de relativa frecuencia el que un depresivo grave disimule que ya no tiene ideas de suicidio con el fin de que le den el alta hospitalaria y llevar a cabo su liberador acto autolítico; otro ejemplo podría ser el toxicómano al que, en su lugar de trabajo, descubren un signo de pinchazo sobre la fosa del codo y él lo atribuye a una picadura de insecto con la finalidad clara de no perder el empleo.

El estudio de la simulación y de la disimulación, además de tener su pilar básico en la experiencia del explorador y en la observación clínica integral del falso paciente o del paciente real, con el respectivo contraste de la entidad nosológica que se quiere calcar u obviar, conlleva el estudio concreto de rasgos de personalidad como la sinceridad (recordar que sinceridad viene de sin cera, sin máscara), el grado de franqueza y la honestidad del paciente. Las técnicas para detectar mentiras, abarcan las del estudio del contenido del lenguaje, la observación de la conducta no verbal, y la utilización complementaria de test psicométricos, cada vez más estudiados. A nivel forense los que siempre se han aconsejado y empleado han sido el Test proyectivo de asociación de palabras de Jung, el Test de Apercepción Temática de Murray, el Test de Rorschach, el Inventario de Minnesota, el SIRS-2, la Gough Dissimulation Scale, etc.; hay otros muchos en fase de investigación. La continua formación de los profesionales en las herramientas de evaluación de la simulación y  disimulación así como su aplicación médico-legal, es transcendental en pro de la tarea principal cuando se actúa de perito, que es el útil auxilio de la justicia.

Al margen, comentar que también se dispone de otras pruebas complementarias centradas en respuestas fisiológicas como es el uso del polígrafo; éste por cuestiones de legalidad no está previsto ni recogido en nuestro ámbito jurídico, aunque sí en los de otros países.

 

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